Casi casi que le pido al mozo dos cafés. Pero me dio verguenza
que el mozo creyera que alguien faltó a la cita, o simplemente me dejó
plantada. Asi que simplemente dije: “Un café”.
Mientras revolvía la cucharita en el liquido, casi
que me parece verte caminar entre las mesas, sonriéndome como siempre, con
alguna de tus remeras que tanto me gustan, el celular en la mano y mirándome con
esos ojos tan grandes y quietos. ¿Cuánto tiempo hace que no nos encontramos en ningún lado? ¿Cuánto tiempo sin que alguien quiera
saber como verdaderamente me siento, que me pasa, como estoy? Sin intentar juzgarme o
reprocharme. Sino, simplemente entenderme.
Eso es lo que mas extraño de vos; lo mucho que me entendías.
Decirte todo. Confesarte todo sin que te sobresaltes, ni te enojes,
ni me pidas explicaciones.
Algo latia fuerte en mi pecho cuando te miraba las manos, con
tus dedos tan raros, que siempre critique, tus manos sensitivas y fuertes a la
vez. Manos que no se avergonzaban de tenerme agarrada, de ayudarme con mis
materias, o de simplemente abrazarme.
“Te extraño. Mucho. Casi ni lo siento. Pero te extraño”. Pensé.
Finalmente, me sequé las lagrimas con las manos, llamé al mozo, pagué, respiré hondo, observé la taza sola y salí.
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